La de Central fue la última vez que fuimos a cenar. O bueno, quizás hubo otra más, años después, no me acuerdo. Pero no, ni siquiera, a lo sumo un café. En cualquier caso, la última que pensé bien el lugar, llamé y reservé mesa para dos fue esa, seguro. No existe más Central, o Almacén Central creo que se llamaba, pero todos le decían Central. Quedaba sobre la calle Honduras cruzando Juan B. Justo, digamos cruzando Bonpland también. De hecho creo que entre Bonpland y Carranza. Da igual. Llegué a saber de Central porque una vez oí a Inés Berton en la radio. Aparentemente Berton era la mujer del tipo que cocinaba en Central, y la carta de vinos y de tés del lugar la había diseñado ella. Yo era muy ingenuo, o muy imbécil, y agregué a Inés Berton al messenger porque me enamoré de ella en esa entrevista. inesberton@hotmail.com. Además dijeron mientras la entrevistaban que se parecía a Dolores Barreiro. Algo así. Y que coleccionaba ediciones de El Perfume. Todo muy pintoresco. La cosa es que después de eso me ocupé de buscar dónde estaba el restaurant y de averiguar si no era ridículamente caro (era). Ahora pienso si habrá sido cómico para los que trabajaban ahí ver entrar a una pareja de novios que no pasaba los 21 a un lugar acostumbrado a un promedio de, no sé, 30 años para arriba. Probablemente.
La mesa que nos dieron estaba al centro del salón, pasando las mesas, más bajas, que estaban cerca de la pared y donde había que sentarse en unos sillones llenos de almohadones. Las luces eran bajas y la mesa tenía una o dos velas. Creo que no tardamos mucho en decidirnos. El menú no era particularmente extenso, un par de platos con nombres difíciles, entradas, postres, bebidas y la carta de vinos. Fue vino blanco porque era verano y hacía calor. En realidad lo intuyo porque me acuerdo de que trajeron una frapera con una servilleta de tela que se fue mojando y después goteaba y era muy incómoda. Así que tiene que haber sido blanco. No sé que pidió ella (¿pastas?). Yo pedí alguna carne, cerdo quizás, con unas batatas que venían envueltas en papel de aluminio y había que comer con cucharita. El postre lo compartimos. Arriesgo brownie con helado, no estoy seguro. Sí me acuerdo bien claro cuánto salió. Setenta pesos, que ahora no es nada, por la inflación, se entiende, pero en ese momento el departamento de tres ambientes que compartía con dos amigos en Plaza Italia, sobre Darregueyra, salía trescientos treinta pesos por mes (es menor el detalle de que quizás estuviera un poco más barato porque se escuchaban las peleas a las cinco de la mañana a la salida de Metrópolis) y al tercio que tenía que pagar llegaba trabajando de dos cosas que no me gustaban con gente que a esa altura ya no me caía bien.
No podría decir de qué hablamos durante la cena. A decir verdad, ella probablemente estaba con la cabeza ya en otro lugar y cenaba conmigo porque era algo que había que hacer, porque habría sido muy difícil decir que no podía. Porque al otro día salía un avión de Ezeiza y se supone que en casos así la noche anterior la tenés que pasar con tu novio. Aunque ya sepas que no va a ser más tu novio, y aunque hasta él también sepa que no va a ser más tu novio (sí, sin embargo, logró hacer parecer que fuera razonable no dormir en casa esa noche; era más cómodo volver a Martínez y salir al mediodía de ahí). Yo estaba, también probablemente, tratando de pensar que algo quedaba, que no estaba gastando esos setenta pesos tan mal después de todo. O tan tarde. Ahora que pienso, es un detalle curioso que lo nuestro haya empezado en Ezeiza y terminado en Ezeiza, pero en ambos casos, al comienzo y al final, siempre fue uno solo el que estuvo ahí. Por lo menos a mí nunca me gustaron las despedidas. Esa fue la última vez que fui a Central. Y la última que fuimos novios.
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