Mesa para dos

El amor en los tiempos de rúcula

A modo de inicio: El mozo de Abril fue nuestro testigo y tema de conversación fundamental a lo largo del 2007 y principios de 2008, de lunes a viernes entre las 21 y las 22.

Nosotros dos. Por esa época yo no tomaba vino y él llevaba el pelo largo, al menos bastante más largo que la última vez que nos dijimos chau. Él llevaba el pelo largo y me llamaba “corazón”, en principio como un juego en el que me llamaba corazón y yo me fastidiaba, luego como parte de la misma rutina que lo puede llevar a uno a asimilar pavlovianamente un estímulo (corazón) con la cotideaneidad del amor.

- Siempre está de buen humor. Qué loco, porque debe ganar dos mangos… ¿o será el dueño y también atiende, porque le cabe?

- No sé. Tiene pinta de tipo tranquilo, de esos que trabajan en un mismo lugar toda la vida, ¿no?

- Ayer se puso la misma remera.

No caímos en Abril porque sí. Nos quedaba a mitad de camino entre el trabajo y su departamento. Yo trabajaba hasta las 21 y él hasta las 24, los dos en el mismo lugar, en la oficina vidriada con vista a Plaza San Martín. Sincronizábamos mi salida con su break para vernos un rato, comer juntos. Después nos despedíamos y enfilábamos en direcciones contrarias, esto en el más abarcativo sentido de la palabra: él, de vuelta al trabajo, yo, directo a su cama.

21:34: «Estoy en camino corazóoooon»

En un año y los meses que le siguieron, nunca jamás llegó a una cita antes que yo. «Andá pidiéndome algo». Según su amigo Manuel lo hacía a propósito, la gente canchera llega tarde, llegar tarde es cool. Entonces yo -aburrida de buscar las diferencias entre cada uno de los cuatro cuadros que ilustraban la pared de Abril y las obras completas de Miró- ponía a un lado el celular, untaba otro pan con manteca y le hacía señas al mozo de Abril de te voy pidiendo.

- ¿Te voy pidiendo el bife de chorizo a la riojana y unos crepes de pollo?

Pasaba largos ratos sentada en la zona más reservada del salón, justo al lado de la escalera que baja al baño, a menudo con la única compañía del mozo de Abril, con quien no recuerdo haber entablado charla alguna que trascendiera la situación de la mesa. Yo en lugar de hablar prefería aprovechar el (entre)tiempo para leer apuntes de la facultad, o ponerme al día con revistas de la farándula de esas que casi nadie de la clase media culturalmente aspiracional se permite tener en casa. Así fue gestándose una especie de tríada. 1. Yo sentada, matando el tiempo, esperando. 2. Él llegando tarde, despeinado, ligero, sonriente. 3. El mozo de Abril parado detrás de la barra, secando copas, con vista privilegiada de besos, peleas, tomadas de mano, corte de pelo carré, bufandas, Bjork, sobretodo de papá, lágrimas, ofertas de empleo, la carrera del orto, tu ex, pan con manteca, el alquiler, te amo, corazón. Esos eran los básicos. Me animo a decir que le simpatizábamos al mozo de Abril, él y yo,  y que probablemente también fuimos objeto de alguna sobremesa familiar. A mí me gustaba especular sobre la idea de que al final del día tal vez en la soledad de una cama de una plaza, había alguien que apoyaba el libro en la mesa de luz y cerraba los ojos con la sensación tibia de quien tiene la oportunidad de participar -aunque sea refractariamente, a través de la vida de los otros- del encanto de lo íntimo.

Dejamos Abril y volvimos a ser solo dos. Yo cambié de trabajo, empecé a trabajar en una consultora en Belgrano, ganamos los dos más plata, se mudó él a un edificio con amenities, me mudé yo con él, renunció a la multinacional, montó su propio emprendimiento, entró menos plata, largué la carrera, nos prestaron un monoambiente, nos fue mal. Vivo sola con mi gata en el segundo D de un edificio afrancesado en Barrio Norte, renové contrato con intenciones de hacer durar algo, al menos por dos años. Las cosas están. Igual a veces salgo de casa, bajo caminando por Arenales, cruzo 9 de Julio y me veo parada en la esquina de Suipacha espiando a través del vidrio. Ahí me hamaco un rato. Me llevo la ilusión de que mientras yo estoy de este lado de la vereda, cambiando, existe un lugar en el que todo permanece tal y como lo dejé, las copas colgando del techo de la barra, el revistero, la pizarra anunciando los platos del día, el mozo de Abril, un querido desconocido al que no me acerco a saludar, no vaya a ser que se me desdibuje.

10 months ago
  1. mynameisnotbenjamin reblogged this from mesax2 and added:
    A modo de inicio: El mozo de Abril fue nuestro testigo y tema de conversación fundamental a lo largo del 2007 y...
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